Anécdotas

Anécdotas de la recopilación



Alejandro Sánchez

Anécdotas curiosas durante el trabajo de recopilación en las tierras del Jiloca y Gallocanta


Cuando entrábamos en Langa del Castillo, un pequeño pueblo situado en las proximidades de Daroca, provincia de Zaragoza, íbamos buscando la plaza del ayuntamiento, como suele pasar cuando se llega a una localidad desconocida. Al pasar por una bocacalle, me dijo Manuel.: -Para un momento, pues me ha parecido ver la calle del violín. Paré el coche y, efectivamente, así era. Saqué la cámara de fotos y, cuando la iba a fotografiar, por ella caminaban hacia nosotros una señora y un señor muy mayores. Les preguntamos que por qué se llamaba así esa calle y la respuesta fué contundente: “
¡Toma maño, pues que ahí adelante, en esa casa del balcón, había un hombre que tocaba muchismo bien la laúd !







En Cimballa, localidad próxima a Calatayud, nos contaron que, un día que eran las fiestas del lugar, estaban esperando a los gaiteros, que en este caso era El Pucheritos (clarinete) y el Tío Maroto (redoblante). Tardaban mucho en llegar y, por fin, cuando ya estaban allí El Pucheritos se quejaba de dolor y decía: -Pues que no hay música, que no podemos tocar porque me he roto un dedo a mitad de camino, al subir a la burra, y como llevaba el dedo vendado, todo el mundo se lo creía. Pasado un buen rato, y, después de un buen vermut que habían preparado en el pueblo, se quita la venda y le dice a Pedro: -El redoblante ala, que ahora ya podemos empezar, que era una broma. Dicen que la gente se enfadó mucho, ya que se lo había creído a rajatabla y pensaban que se habían quedado sin baile.

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Los señores Lázaro y Tomás de Odón, en la Provincia de Teruel, nos contaron una anécdota de allá por los años cuarenta.
En esa época todavía viajaban en caballerías a Zaragoza. Tenían la imagen de la Virgen de la Merced muy deteriorada, medio rota, despintada y con carcoma. Tanto es, que determinaron llevársela a Zaragoza para restaurarla. Al cabo de unos días, al recadero que solía ir dos veces al mes a la capital aragonesa, le encargaron que se la llevara para entregarla al restaurador. Emprendió el viaje muy temprano y al llegar la noche tal como siempre hacía se quedó a dormir en una fonda a mitad de camino. Al despertarse por la mañana empezó a escuchar a la gente del pueblo cantar unas rogativas, de esas tan frecuentes en el medio rural y, exclusivas para pedir agua, no recuerdo a qué Santo. Se levantó corriendo al acordarse de que llevaba la imagen, y sin pensarlo dos veces les propuso que la llevaran en la procesión, ya que se aseguraban la lluvia. En el pueblo accedieron con ganas y la llevaron al lado del Santo. El caso es que, al poco rato, comenzó a llover con gran perseverancia y fuerza, después de varios meses de esos que no cae una gota.
El problema surgió cuando, al ir a recoger la imagen, no hubo forma, no se la daban, y, por mas que insistió, no pudo ser. El buen hombre tuvo que volverse a Odón sin la imagen, y después de mucho tiempo y a base de juicios y muchas molestias, la pudieron recuperar.



Oseja
La Rosa del Azafrán

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